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Cernuda


Te quiero.

Te lo he dicho con el viento,
jugueteando como animalillo en la arena
o iracundo como órgano impetuoso;

Te lo he dicho con el sol,
que dora desnudos cuerpos juveniles
y sonríe en todas las cosas inocentes;

Te lo he dicho con las nubes,
frentes melancólicas que sostienen el cielo,
tristezas fugitivas;

Te lo he dicho con las plantas,
leves criaturas transparentes
que se cubren de rubor repentino;

Te lo he dicho con el agua,
vida luminosa que vela un fondo de sombra;
te lo he dicho con el miedo,
te lo he dicho con la alegría,
con el hastío, con las terribles palabras.

Pero así no me basta:
más allá de la vida,
quiero decírtelo con la muerte;
más allá del amor,
quiero decírtelo con el olvido.

Luis Cernuda

TE QUIERO

Tus manos son mi caricia
mis acordes cotidianos
te quiero porque tus manos
trabajan por la justicia

    si te quiero es porque sos
    mi amor mi cómplice y todo
    y en la calle codo a codo
    somos mucho más que dos

tus ojos son mi conjuro
contra la mala jornada
te quiero por tu mirada
que mira y siembra futuro

tu boca que es tuya y mía
tu boca no se equivoca
te quiero porque tu boca
sabe gritar rebeldía

    si te quiero es porque sos
    mi amor mi cómplice y todo
    y en la calle codo a codo
    somos mucho más que dos

y por tu rostro sincero
y tu paso vagabundo
y tu llanto por el mundo
porque sos pueblo te quiero

y porque amor no es aureola
ni cándida moraleja
y porque somos pareja
que sabe que no está sola

te quiero en mi paraíso
es decir que en mi país
la gente viva feliz
aunque no tenga permiso

    si te quiero es porque sos
    mi amor mi cómplice y todo
    y en la calle codo a codo
    somos mucho más que dos.

MARIO BENEDETTI

 

 

Nada

No quise pensar más en lo que me rodeaba y me metí en la cama. La carta de Ena me había

abierto, y esta vez de una manera real, los horizontes de la salvación.

 “… Hay un trabajo para ti en el despacho de mi padre, Andrea. Te permitirá vivir independientey además asistir a las clases de la Universidad. Por el momento vivirás en casa, pero luegopodrás escoger a tu gusto tu domicilio, ya no se trata de secuestrarte. Mamá está muy animada

preparando tu habitación. Yo no duermo de alegría.”

 Era una carta larguísima en la que me contaba todas sus preocupaciones y esperanzas. Medecía que Jaime también iba a vivir aquel invierno en Madrid. Que había decidido, al fin,

terminar la carrera y que luego se casarían.

 No me podía dormir. Encontraba idiota sentir otra vez aquella ansiosa expectación que un añoantes, en el pueblo, me hacía saltar de la cama cada media hora, temiendo perder el tren de lasseis, y no podía evitarla. No tenía ahora las mismas ilusiones, pero aquella partida meemocionaba como una liberación. El padre de Ena, que había venido a Barcelona por unosdías, a la mañana siguiente me vendría a recoger para que le acompañara en su viaje de vuelta

a Madrid. Haríamos el viaje en su automóvil.

 Estaba ya vestida cuando el chófer llamó discretamente a la puerta. La casa entera parecíasilenciosa y dormida bajo la luz grisácea que entraba por los balcones. No me atreví aasomarme al cuarto de la abuela. No quería despertarla.Bajé las escaleras despacio. Sentía una viva emoción. Recordaba la terrible esperanza, elanhelo de vida con que las había subido por primera vez. Me marchaba ahora sin haberconocido nada de lo que confusamente esperaba: la vida en su plenitud, la alegría, el interésprofundo, el amor. De la casa de la calle de Aribau no me llevaba nada. Al menos, así lo creía

yo entonces.

 De pie, al lado del largo automóvil negro, me esperaba el padre de Ena. Me tendió las manosen una bienvenida cordial. Se volvió al chófer para recomendarle no sé qué encargos. Luego

me dijo:

 - Comeremos en Zaragoza, pero antes tendremos un buen desayuno – se sonrióampliamente-; le gustará el viaje, Andrea. Ya verá usted…El aire de la mañana estimulaba. El suelo aparecía mojado con el rocío de la noche.Antes de entrar en el auto alcé los ojos hacia la casa donde había vivido un año. Los primerosrayos del sol chocaban contra sus ventanas. Unos momentos después, la calle de Aribau y

Barcelona entera quedaban detrás de mí.

 Carmen Laforet, Nada

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